Asesores: tan importante es tenerlos como saber elegirlos

Foto: Jonas Baumann / Pexels. Gracias por compartirla.

Si he aprendido algo es que el dicho popular de lo barato sale caro es totalmente cierto.

Una mala decisión fiscal, jurídica o financiera puede acabar costando muchísimo más que los honorarios que intentábamos ahorrarnos. Una MicroFO no necesita hacerlo todo internamente, pero sí necesita saber a quién acudir, para qué y cómo controlar la relación con esos asesores.

Necesitamos asesores, pero delegar no significa dejar de dirigir. La familia mantiene la dirección, establece los objetivos y coordina a especialistas externos. Los asesores aportan conocimiento y experiencia, pero las decisiones finales siguen estando en la familia.

Además, no todos los asesores cumplen la misma función. Un fiscalista, un abogado, un notario, un banco o un gestor de inversiones intervienen en ámbitos distintos. La dificultad para una MicroFO no consiste únicamente en encontrar buenos especialistas, sino en conseguir que sus recomendaciones encajen entre sí y respondan a una visión global del patrimonio.

Alineación de intereses

La primera regla básica y quizá la más importante es que estén alineados con nuestros intereses. Si un asesor se limita a intentar colocarnos un producto o una solución sin entender previamente nuestros objetivos, nuestra situación y nuestras necesidades, deberíamos ser muy prudentes y buscar alternativas.

Una Micro Family Office no necesita tener todos los especialistas dentro de casa. Necesita saber cuáles necesita, escogerlos bien, conseguir que trabajen de forma coordinada y mantener siempre la dirección del patrimonio dentro de la familia.

La primera decisión es cómo queremos gestionar el patrimonio: qué tareas asumiremos directamente y cuáles delegaremos en profesionales externos. Dependerá de nuestros conocimientos, experiencia, tiempo disponible y, sobre todo, de reconocer con honestidad nuestros propios límites.

En el ámbito financiero, la alineación de intereses merece una atención especial. Un banco o un gestor puede trabajar con productos propios, recibir incentivos o tener una oferta limitada a determinadas soluciones. Eso no significa necesariamente que su propuesta sea mala, pero sí obliga a entender cómo cobra, qué alternativas tiene disponibles y si la recomendación responde realmente a nuestras necesidades. Más que buscar una supuesta imparcialidad absoluta, creo que debemos conocer los posibles conflictos de interés y valorar si están bien gestionados.

Cómo elegir a un buen asesor

Podemos plantearnos varias preguntas cuando hagamos la selección de un asesor. Por ejemplo:

  1. ¿Sabe realmente de aquello para lo que lo necesito?
  2. ¿Entiende mis objetivos o simplemente me ofrece su solución habitual?
  3. ¿Me ha preguntado por la situación patrimonial de la familia y por otros aspectos relevantes, o solo se centra en su área concreta?
  4. ¿Cómo cobra y qué posibles conflictos de interés existen?
  5. ¿Me explica las cosas de manera que yo pueda entenderlas y decidir?
  6. ¿Está dispuesto a trabajar y coordinarse con mis otros asesores?
  7. ¿Qué experiencia tiene, cuánto tiempo lleva en la firma y qué estabilidad ha tenido su equipo?
  8. ¿Me ofrece distintas alternativas, explicando sus ventajas e inconvenientes, o intenta conducirme hacia una única solución?
  9. ¿Responde con claridad a mis preguntas, también cuando son incómodas o cuestionan su propuesta?
  10. ¿Sería capaz de decirme que no o de recomendarme no hacer una operación si considera que no me conviene?

Confianza, honorarios y seguimiento

Quizá muchas de estas preguntas parezcan evidentes, pero conviene hacérselas y plantearlas abiertamente. Al fin y al cabo estamos hablando de nuestro patrimonio. La confianza personal es importante, pero no debería sustituir al análisis. La marca de la entidad puede darnos seguridad, pero finalmente trabajaremos con personas y debemos sentir que podemos mantener con ellas una relación profesional, transparente y de largo plazo. En definitiva, tenemos que estar convencidos de que nos ayudará a tomar las mejores decisiones.

También me parece útil que, cuando sea posible, otro miembro de la familia participe al menos en las reuniones finales con los candidatos. Cuatro ojos ven más que dos y una segunda opinión ayuda a contrastar sensaciones y argumentos. Además, puede ser una buena manera de involucrar gradualmente a la siguiente generación en la gestión patrimonial. En mi caso lo hice así y la experiencia fue positiva: entre dos pudimos valorar mejor a varios asesores y compartir la responsabilidad de la decisión.

Evidentemente, todo esto tiene un precio. Desde el primer día deberían quedar claros los honorarios, tarifas, comisiones y servicios incluidos. Conviene pedir un presupuesto o documento equivalente y entender qué se cobrará, cuándo y por qué. Después hay que comprobar periódicamente que el servicio recibido se corresponde con lo pactado. Delegar no significa desentenderse: la confianza se construye con el tiempo, con información suficiente y con un seguimiento razonable.

Diversificar sin perder el control

En inversiones financieras, personalmente tampoco concentraría necesariamente todo el patrimonio en un único gestor. Dependiendo del volumen, de la estrategia y de la complejidad de la cartera, puede tener sentido trabajar con más de uno para diversificar enfoques y reducir dependencia.

Pero tampoco conviene fragmentar el patrimonio entre demasiados interlocutores: aumentan los costes, se complica el control y podemos acabar perdiendo precisamente la visión global que intentamos construir. El número adecuado dependerá de cada familia. Además, hay que pensar a largo plazo y dar tiempo a los asesores para desarrollar la estrategia pactada con nosotros y valorar sus resultados con perspectiva.

Conocer nuestros límites

Esta reflexión no se limita a las inversiones. También podemos caer en la tentación de pensar que, por conocer bien nuestra empresa, nuestra contabilidad o nuestra situación familiar, podemos sustituir al fiscalista, al abogado o a otros especialistas. A veces ocurre incluso que pedimos a un mismo profesional que cubra funciones para las que no está especializado. Saber dónde terminan nuestras capacidades y dónde empieza la necesidad de asesoramiento profesional forma parte, en mi opinión, de una buena gestión patrimonial.

Con determinados asesores —especialmente fiscalistas, abogados o profesionales que conocen en profundidad la estructura patrimonial y familiar— la relación puede acabar siendo muy estrecha. Van a manejar información sensible y, en algunos casos, acompañarnos durante muchos años. Por eso la competencia técnica es imprescindible, pero también lo son la discreción, la disponibilidad, la capacidad de explicar y la confianza personal.

La visión de conjunto

Cuando empecé a ocuparme de estas cuestiones descubrí que necesitaba hablar con fiscalistas, bancos, gestores, abogados y otros especialistas. Pero también descubrí algo menos evidente: no siempre era fácil saber quién estaba viendo realmente el conjunto. Cada profesional podía estar haciendo bien su trabajo y, aun así, faltar alguien que conectara las distintas piezas.

Si las cosas no salen como esperábamos, tampoco creo que debamos trasladar automáticamente toda la responsabilidad al asesor. Quien dirige una MicroFO necesita un mínimo de formación para entender, preguntar, comparar y decidir con criterio. No se trata de convertirnos en expertos fiscales, jurídicos o financieros, sino de saber lo suficiente para formular las preguntas adecuadas y comprender las implicaciones principales de las decisiones que tomamos.

Al final, quizá ésta sea una de las funciones más importantes de quien lleva el timón de una MicroFO: actuar como director de orquesta. No tiene que tocar todos los instrumentos, pero sí saber qué especialistas necesita, conseguir que se coordinen y asegurarse de que todos trabajan en la misma dirección: la que ha definido la familia.

Este es nuestro trabajo como gestores de nuestro patrimonio. Un trabajo que a mí, particularmente, me encanta. Qué mejor que velar por nuestro patrimonio, preservarlo, verlo crecer con rentabilidad y con cabeza. Y qué mejor colofón que todo ello sirva para nuestro bienestar y para el legado que queremos dejar a las futuras generaciones.

El contenido de MicroFO es informativo y refleja una experiencia personal. No constituye una recomendación individual de inversión ni asesoramiento fiscal o jurídico.